La envidia, una mala compañía

¿Por qué él y no yo? La pregunta resuena en los oídos de muchos jóvenes, una y otra vez y las respuestas transitan por actitudes nada positivas. Y es que hoy en día, casi resulta normal, ese sentimiento que tanto daño puede causar: la envidia.

La palabra envidia se define como la sensación de admiración o deseo por tener algo que otro posee, también como el rencor o resentimiento al ver el éxito ajeno. En otras palabras significa “mirar con malos ojos”. Y eso nunca trae nada bueno.

Practicar la envidia se ha vuelto un fenómeno cotidiano en escenarios bien diversos. Lo mismo está presente en el aula de una escuela,  el barrio y hasta entre la propia familia. ¿Las causas? Diversas también ya sea por aspectos físicos o intelectuales, posibilidades de éxito o bienes materiales.

La energía que emana de este sentimiento es muy fuerte y negativa y viene acompañada de una mezcla de pena, rabia, tristeza y malestar, impotencia y auto desprecio. Es por eso que el origen suele estar ligado, casi siempre, a la insatisfacción con uno mismo, al no gustarse ni aceptarse.

Sin embargo, para algunos no siempre es algo negativo pues desear o admirar lo que tiene otro, puede brindar un impulso para superarse  y tratar de alcanzar las metas individuales. Habría que analizar entonces dónde están los límites y cómo no rebasarlos.

Y es que las influencias sociales y culturales, la educación y el contexto en el que viven las personas repercuten directamente en que este sentimiento aflore con más o menos intensidad. Los medios de comunicación también poseen responsabilidad en este sentido pues deben evitar trasmitir patrones de consumo que generen pensamientos envidiosos.

Reconocer que se siente envidia por algo o alguien y que esto puede dominar nuestras actitudes, deseos y pensamientos, resulta el punto de partida para revertir la situación. No es fácil, pero tampoco imposible. El apoyo de la familia es vital para corregirlo a tiempo, con amor y motivar un cambio positivo.

Por eso, nada mejor que desterrar este sentimiento tan ambiguo de nuestras prácticas cotidianas. Desear lo ajeno y valerse de cualquier recurso para alcanzarlo, nunca será la mejor solución. El verdadero camino siempre estará en lo que seamos capaces de lograr por nosotros mismos, sin envidia ni rencor.

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